Idiotas artificiales, naturalmente idiotas
Por qué la verdadera amenaza no es que la IA falle, sino lo que dejamos de hacer nosotros mientras funciona: sobre la dependencia de la inteligencia artificial y la pérdida de criterio profesional.
La tecnología es un siervo útil, pero un amo peligroso.
Christian Lous Lange, historiador y político noruego
Toda reflexión seria sobre la dependencia de la inteligencia artificial debería empezar veinticuatro siglos atrás.
En el Fedro, Platón cuenta que el dios Theuth presentó al rey Thamus su invento más orgulloso, la escritura, anunciándola como remedio para la memoria y la sabiduría. Thamus la rechazó. Dijo que produciría olvido en las almas de quienes la aprendieran, porque dejarían de ejercitar la memoria confiando en signos externos, y que sus discípulos tendrían apariencia de sabiduría en lugar de sabiduría, resultando insoportables por creerse sabios sin serlo.
Han pasado veinticuatro siglos. Thamus se equivocó: la escritura no nos idiotizó, nos construyó. Sin ella no habría derecho, ni ciencia, ni este artículo, ni la posibilidad de que alguien lo discuta dentro de otros veinticuatro siglos.
Empiezo por aquí porque cualquier reflexión honesta sobre la inteligencia artificial debe empezar reconociendo que el pánico tecnológico tiene un historial pésimo. Se dijo de la imprenta, del ferrocarril, de la calculadora y de internet. Casi siempre nos equivocamos.
Pero hay una diferencia entre lo que Thamus temía y lo que tenemos delante, y no es de grado. Es de naturaleza.
Lo que la inteligencia artificial externaliza esta vez
La escritura externaliza el almacenamiento. Guarda fuera de nosotros lo que sabemos para que no haya que sostenerlo todo en la cabeza. Lo que hacemos con ese material —relacionarlo, dudarlo, ordenarlo, sacar una conclusión y defenderla— sigue ocurriendo dentro. El libro conserva; nosotros pensamos.
La inteligencia artificial externaliza la operación. No guarda lo que pensamos: piensa. O produce algo lo bastante parecido a haber pensado como para que no notemos la diferencia y, sobre todo, para que dejemos de necesitar la nuestra.
Ahí está el cambio de naturaleza. Delegar la memoria libera la inteligencia. Delegar la inteligencia no libera nada, porque no hay una facultad superior esperando detrás a la que ascender. Es la última de la fila. Lo que queda cuando se entrega no es más tiempo para pensar mejor: es simplemente no pensar.
Aptitud y actitud: la raíz de la dependencia de la inteligencia artificial
Conviene separar dos cosas que solemos confundir.
La aptitud es la capacidad: saber redactar, saber leer una sentencia, saber sostener un argumento. Se pierde por desuso, despacio y sin dolor, igual que un brazo escayolado sale más delgado sin que uno se entere hasta que le piden levantar algo. Es reversible con esfuerzo, y es reconstruible.
La actitud es otra cosa. Es la disposición a querer hacerlo. La voluntad de dudar de lo que se nos da hecho, de comprobar aunque nadie lo vea, de sostener una conclusión propia sabiendo que habrá que defenderla. La aptitud es un músculo. La actitud es una decisión.
Y aquí está la raíz del problema, que no es tecnológica sino moral: la aptitud se atrofia, pero la actitud se entrega. Nadie nos la quita. La ponemos nosotros encima de la mesa, todos los días, en gestos pequeñísimos que jamás nos parecerán una renuncia. Aceptar un texto porque suena bien. No abrir la fuente. No discutirle el resultado. Pulsar «aceptar» porque son las ocho y media y mañana será otro día.
Kant lo describió en 1784 sin sospechar hasta qué punto le íbamos a dar la razón. Llamó minoría de edad a la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la guía de otro, y dijo que esa minoría de edad es culpable cuando su causa no es la falta de entendimiento, sino la falta de decisión y de valor para usarlo. Y explicó el mecanismo con una franqueza que hoy incomoda: es comodísimo ser menor de edad. Si tengo un libro que piensa por mí y un director espiritual que sustituye mi conciencia, no necesito esforzarme.
Cámbiese el libro por una pantalla y no hay que actualizar nada más.
Nadie nos está obligando
Esto es lo que hace el asunto genuinamente filosófico y no un problema de gestión de riesgos.
No hay un tirano. No hay coacción, ni fuerza, ni un plan. Hay una herramienta magnífica que nos ofrece exactamente lo que queremos, cuando lo queremos, sin pedirnos nada a cambio salvo que dejemos de hacerlo nosotros. Y aceptamos, encantados, porque el esfuerzo intelectual es incómodo y siempre lo ha sido. Pensar cansa. Dudar cansa más. Sostener una opinión propia delante de alguien que la ataca cansa muchísimo.
La servidumbre voluntaria no necesita cadenas. Le basta con que resulte cómoda.
Y sobre todo le basta con que sea gradual. Nadie decide un martes dejar de pensar. Se delega una tarea porque hay prisa, luego dos porque salió bien, después las de un tipo concreto porque total, y al cabo de un año uno descubre —si es que se molesta en mirar— que lleva meses firmando conclusiones que no ha alcanzado. Y funciona. Ese es el detalle diabólico: funciona. No hay ningún fracaso que nos obligue a revisar el camino. El resultado es correcto, el cliente está contento y no ocurre nada que nos avise.
El error de categoría: pensar no es un medio
Hemos cometido un error de categoría, y es probablemente el error central de todo esto: hemos tratado el pensamiento como un medio.
Si pensar fuera solo el procedimiento para obtener conclusiones, delegarlo sería una ganancia neta y no habría nada que discutir. Nadie llora por haber dejado de hacer raíces cuadradas a mano.
Pero nadie contrata a otro para que vaya al gimnasio en su lugar. Sería absurdo, aunque el peso subiera igual, porque el objetivo nunca fue que el peso subiera: era lo que le pasa al cuerpo mientras lo sube. Con el pensamiento hemos confundido exactamente eso. Hemos creído que lo valioso era la conclusión, cuando lo valioso era en qué nos convertía alcanzarla.
Uno no es abogado por tener escritos. Es abogado por lo que le ocurrió por dentro redactando doscientos, incluidos los malos, sobre todo los malos. La conclusión es el peso. El criterio es el cuerpo.
Y por eso la delegación total no ahorra. Amputa.
Idiota: el que se abstiene
La palabra viene del griego idiotes, y no significaba lo que hoy creemos. El idiotes era el particular, el que se ocupaba únicamente de lo suyo y no participaba en los asuntos comunes. No era el incapaz: era el que se abstenía. La incapacidad vino después, con el tiempo, cuando el idioma comprendió que quien nunca ejerce acaba no sabiendo.
Es una etimología incómodamente exacta para lo que nos está pasando.
Porque no vamos a volvernos incapaces de golpe. Vamos a abstenernos. A no participar en nuestro propio juicio, a mirarlo desde fuera como quien mira un asunto ajeno que ya gestiona otro. Y la incapacidad llegará después, naturalmente, del mismo modo que llegó al idioma: sin que nadie la decrete, como consecuencia lógica de no haber ejercido.
Seremos, con toda propiedad, idiotas artificiales. Y muy naturalmente idiotas, porque no habrá hecho falta ninguna violencia para conseguirlo: solo comodidad, prisa y un producto excelente.
La ley presupone que alguien sabe
Un apunte para no quedarnos solo en la reflexión, porque esto tiene consecuencias jurídicas exactas.
El Reglamento (UE) 2024/1689 exige supervisión humana en los sistemas de alto riesgo, y no cualquiera: quien supervisa debe tener competencia, formación, autoridad y medios para interpretar los resultados, detectar anomalías y detener o revertir el sistema si hace falta. La Agencia Española de Protección de Datos ha advertido de que la mera presencia de una persona no garantiza intervención humana verdadera. El artículo 22 del RGPD reconoce el derecho a no ser objeto de decisiones basadas únicamente en tratamiento automatizado con efectos jurídicos relevantes.
Obsérvese lo que todas esas garantías dan por supuesto: que existe alguien capaz de ejercerlas. La norma protege el juicio humano, pero no puede fabricarlo. Si quien firma ha abdicado, la garantía es decorativa y la responsabilidad, que sigue buscando a una persona conforme al artículo 1902 del Código Civil, la encontrará igual. Confiar ciegamente en una herramienta que no se conoce ni se supervisa no es un atenuante. Es, probablemente, la definición de la negligencia.
Lo que sí depende de nosotros
No propongo renunciar a nada. La inteligencia artificial es extraordinaria y usarla es sensato; lo que no lo es tanto es usarla sin estar presente.
La cuestión no es cuánto delegamos, sino desde dónde. Delegar sabiendo es usar una herramienta. Delegar para no tener que saber es otra cosa distinta, aunque el resultado que sale por la impresora sea idéntico y nadie pueda distinguirlos desde fuera. La diferencia no está en el producto: está en si queda alguien detrás capaz de decirle a la máquina que se ha equivocado.
Y esa capacidad no se conserva sola. Exige hacer de vez en cuando entero lo que la máquina haría, no por nostalgia sino por mantenimiento. Exige leer la fuente completa alguna vez. Exige dudar del resultado bueno, no solo del malo, porque del malo dudamos todos. Y exige permitir que quien está aprendiendo recorra el camino largo al menos una vez, aunque salga peor y más lento, porque de lo contrario dentro de diez años no quedará nadie con criterio para supervisar nada.
Preguntamos siempre qué puede hacer la IA por nosotros. Es la pregunta equivocada, o al menos la fácil. La difícil es qué nos hace a nosotros usarla así.
Porque la máquina no nos va a convertir en nada. Somos nosotros los que, muy cómodamente y sin que nadie nos obligue, podemos decidir dejar de ser inteligentes.
Y cuando llegue el temido «Servicio temporalmente no disponible», ojalá el problema sea solo suyo.
Porque la inteligencia también consiste en saber qué hacer cuando se va el wifi.
Sobre el autor. Abogado en ejercicio y responsable de Vilaplana Abogados — @Tecnoabogado. Trabaja en la implantación de inteligencia artificial en despachos profesionales y en el cumplimiento del Reglamento (UE) 2024/1689.
¿Queréis revisar cómo usa vuestro despacho o vuestra empresa la inteligencia artificial y si esa supervisión resistiría una inspección? Escribidnos.
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